Hijo mío: recordarás al que te enseña la Palabra de Dios día y noche y le honrarás. Porque dondequiera que hable de la Soberanía de Nuestro Señor, allí está Cristo. Además, irás en busca, día tras día, de las personas de los maestros de la Ley, para que puedas hallar reposo en sus palabras. (Didaké de los Apóstoles, De los dos caminos, 4).

"PADRE, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17,3). Dios siempre está muy cerca del hombre. Por medio de la sangre y del terrible sufrimiento de su Hijo, congregó en una sola familia, la Iglesia, a todos aquellos que el pecado había dispersado. Por el Cuerpo de Cristo, triturado y hecho Pan, el Padre se reconcilia con el hombre, perdido y caído desde Adán.
Y para que esta Buena Noticia de reconciliación universal tuviera efecto sobre toda la tierra, Jesús, después de plantar la semilla en sus corazones, envió a los apóstoles a todos los pueblos, empezando por Israel. A modo de rabinos de la Nueva Torá, fueron enseñando todo lo que el Maestro les enseñó a ellos. Con la fuerza del Espíritu Santo abrieron su entendimiento a todo lo que habían visto y oído, y abrasaron el mundo entero con el Fuego de Dios, con el Conocimiento del Altísimo.
Y es tal este Fuego en el corazón del hombre, que todo aquel que lo recibe, se convierte asimismo en conductor y trasmisor de ese Fuego. Todo el que recoge la enseñanza del Evangelio es, a la vez, mensajero para proclamar la llamada a la reconciliación con Dios, al conocimiento del Amor de Dios. Este fue la misión de la Iglesia desde sus orígenes: hacer discípulos de Cristo. Ayudar a los hombres, fueran judíos o gentiles, a creer que Jesús es el Mesías de Israel, el Cristo Salvador, el Hijo del Dios Viviente. Y que por esta fe tuvieran Vida Eterna por el Nombre de Jesús.
Desde muy temprano en el Cristianismo, a este esfuerzo superior de instruir a las gentes en esta Vida Divina para construir el Cuerpo de Cristo, se le llamó Catequesis.