"Religiosos son los que se consagran totalmente al servicio del Altísimo, ofreciéndose permanentemente a Él en holocausto. ( q.186 a.1.).
El estado religioso implica la eliminación de todo lo que impide al hombre entregarse totalmente al servicio de Dios. (q.186 a.4). "

(SUMMA THEOLOGICA, Santo Thomas de Aquino)


La vida religiosa es uno de los tres estados de vida cristiana (sacerdocio, laicado, religioso) a los que puede llevar la vocación del cristiano y que vienen a representar tres maneras diferenciadas de desarrollar la gracia bautismal, tres opciones distintas en sus funciones, pero iguales en su exigencia y dignidad. La vida religiosa se ha visto, desde sus inicios históricos, como la forma más radical de vida cristiana. El Concilio Vaticano II, retomando la Tradición de la Iglesia, dice que la vida religiosa hace de los “consejos evangélicos” su condición de vida: la virginidad, la pobreza y la obediencia son vividas no como algo ocasional o circunstancial, sino de un modo estable, como una forma permanente del existir cristiano. El signo de identidad por excelencia, radica en los votos por los cuales se comprometen los religiosos, mediante unos rituales litúrgicos de consagración, a vivir los “consejos evangélicos” como situación permanente de vida.
Los votos son vividos como una disposición constante de dejarse invadir por la palabra siempre nueva de Dios, a discernirla, a realizarla como testigos del Dios viviente, como un sí dado al Dios más grande que todo y como renuncia a los ídolos inventados por los hombres/mujeres cuando no reconocen el verdadero rostro de Dios. En la vida religiosa estas afirmaciones tienen el soporte de la oración y la contemplación, también institucionalizadas, dando a este estado de vida una dimensión muy particular de búsqueda de la voluntad de Dios.
Vivir hoy la vida religiosa es ofrecer una presencia desde el espíritu de las Bienaventuranzas; es vivir profundamente la experiencia de Dios, a fin de que en el mundo se transparente su bondad y misericordia hechas salvación. Es anunciar de palabra y con la vida que el reino de Dios ya está presente en nuestro amado mundo. Es dejar constancia de que la acción del Espíritu renueva, constantemente, la tierra.